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Por qué amo a mis personajes, por qué los odio y cómo consigo romper con ellos.

26 Febrero 2021 | Eva Olaya

Por Patricia A. Miller

¿Os habéis preguntado alguna vez cómo es la relación que mantienen los personajes de una novela con la persona que los crea? ¿Cómo es atravesar esos estados emocionales que terminan enterneciendo, cabreando, haciendo reír o llorar a la persona que lee el libro?

Cuando empecé a escribir mi primera novela, hace ya algunos años, alguien relacionado con el mundo editorial me dio un consejo que, por aquel entonces, me pareció una barbaridad. Me dijo que guardara el manuscrito en un cajón al acabar, que me olvidara de él dos meses, seis meses, un año… «Si cuando vuelvas a leerlo te transmite lo suficiente como para creer que vale la pena publicarlo, trabaja duro el texto y, quizá, con un poco de suerte, tengas una oportunidad».

Aquel consejo que creí desalentador, hoy es algo fundamental en mi proceso de creación. 

¿Por qué? Os preguntaréis. ¿Qué necesidad hay de dejar pasar un tiempo precioso? El tiempo es oro, ¿verdad?

Yo también pensaba así, pero ahora ya no.


El amor

Cuando empiezo a estudiar la personalidad de mis personajes se establece un vínculo con ellos que me permite ponerme en su piel. Un vínculo que se parece a ese estado emocional que se apodera de nosotros cuando nos enamoramos. Pienso en ellos a todas horas, imagino sus reacciones, cuál es el entorno que los rodea o cómo ha sido su pasado. Necesito empatizar, saber cómo me comportaría yo si estuviera en su situación, cómo reaccionaría, qué diría, cuánto me dolería. Uso cuestionarios de Proust, fichas identificativas, busco comportamientos semejantes en la vida real, testimonios que me ayuden a conformar ese mundo hasta que entiendo las circunstancias y me las creo. ME LAS CREO COMO SI ME HUBIERAN PASADO A MÍ.

Nunca me he divorciado, no he perdido a mis padres, no he sufrido un accidente casi mortal, no he viajado a otro país huyendo de la muerte, no he estado en ningún lugar en guerra… y, sin embargo, he sentido que me faltaba el aire al pensar que sí, que todo eso lo había vivido yo. Y me ha dolido, y he llorado, y me he ido a dormir con la sensación de que el mundo se abría bajo mis pies. 

Y ahí, en ese punto tan intenso, es donde se fraguan los problemas.


El odio 

Luego, cuando avanza la historia y enfilo la recta final, llega el odio.

Detesto lo que me hacen sentir, porque me arrastran a la ficción y distorsionan mi realidad hasta tal punto que me cuesta ver la línea que separa ambos mundos. Me crean frustración, me desequilibran, me deprimen… Yo misma me lo busco, me meto dentro hasta la obsesión y luego me cuesta salir. Y cuando cuesta salir es que algo no va bien de verdad.

Mi cabeza sabe que llega el final, pero mi corazón no quiere dejarlos ir. Son muchos meses de trabajo, muchas noches en vela con ellos, y cuesta tanto romper lazos… 

Romper. Hasta la palabra es dura. 


La ruptura

Cada maestrillo tiene su librillo y es bien sabido que no hay un patrón general que te diga cómo hacer las cosas mejor. Se aprende a base de errores y en esto de escribir es importante tenerlos presentes y poner remedio para que no se repitan.

Yo no rompía con las historias. Terminaba y volvía a empezar con el ansia de corregir y acabar. Y luego volver a corregir, y otra vez más si era necesario. Eso era un sinvivir, no desconectaba, y esos mismos personajes que tanto me enamoraban se volvían odiosos con los distintos cambios. 

Así, cuando llegaba el momento de entregar el texto a otras manos, ni siquiera estaba segura de lo que había escrito, y llegaban las complicaciones: las palabras de mis lectoras 0 se convertían en bombas de racimo, cualquier apreciación o cambio se me hacía un mundo, un «esto no me llega» era como un puñal por la espalda y volvía a hacer modificaciones, cambios y matices que no arreglaban nada, que solo empeoraban la situación y me agobiaban.

Cuando entras en ese círculo vicioso necesitas una buena mano que te saque de él. Y un día volví a ver a aquella persona del sector editorial y me vino a la mente su consejo: «Guárdalo en un cajón al acabar». Conservar el vínculo emocional me impedía ver las cosas con la distancia necesaria, y creedme, se necesita dosis extra de objetividad cuando tienes que enfrentarte a la corrección de algo en lo que has puesto tantas emociones. 

La ruptura es imprescindible; entender que la historia no eres tú es imprescindible.

Al principio duele y, como en una relación tóxica, solo quieres volver, leer lo que has escrito, ver si puedes cambiar algo que lo mejore... Y empiezas a pensar que quizá el texto no sea tan bueno como creías, que lo mismo este mundo te viene grande y que todo lo que sale de tus teclas es basura. ¿Os suena el síndrome del impostor? Pues yo era una impostora confesa.

Es duro, pero solo hace falta un poco de voluntad, desconectar y respirar hondo. A veces necesito más tiempo; a veces con un par de meses es suficiente. Pero funciona y vuelvo a querer a los personajes, y vuelve a entusiasmarme la historia, y la ilusión es mayor porque te das cuenta de que es un buen trabajo y solo había que mirarlo con otros ojos.

Y es que, todo se ve mucho más claro cuando la ficción sigue siendo ficción al llegar al punto final.


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